«Patojos locos, dejen de pegarse unos con otros, esto es un colegio, no un manicomio», se le escucha gritar al tan respetable Director del Instituto Técnico Dr. Imrich Fischmann. Esto sucede año con año, cuando son las fiestas de aniversario, y un grupo de entusiastas estudiantes y ex alumnos se anotan para organizar la kermesse. Su diferencia es que no incluye una fiesta con música tropical para terminar el largo día de juegos, casamientos, elección de reina invitada, ponerle la cola al burro, rallys de aventura y otras actividades muy buenas y entretenidas. Estos entusiastas alumnos se apuntan organizando un concierto de rock pesado, puro heavy metal.
Ese día, la entrada del colegio se pinta de negro con una interminable cola de jóvenes con vestimentas rockeras: playeras negras, pantalones rotos, botas Rhino y muchas cadenas en su indumentaria; más pareciera una reunión de culto que una fiesta de aniversario. Todos los alumnos colaboran para pagar el sonido, la tarima de madera, las luces y el humo de colores para amenizar el cierre de la kermesse. Siempre se dan cita personajes ya conocidos como el Lobo Guerra, el Gato Loco, el Hippie Metálico, las Poison and Roses, la Black Velveth y el Alan, quienes llegan a disfrutar de tres o cuatro bandas de rock pesado, conocer nuevos amigos, intercambiar música en cassettes, admirar playeras de grupos de metal y sobre todo, platicar de música.
Todos los asistentes se forman en largas filas desde la mañana para comprar su entrada, una bolsita de agua pura y una bandana conmemorativa del toque. Algunos andan con sus cámaras de rollo de exposición de 12, 24 y 36 fotos; ninguno protesta por esperar más de tres horas en la fila. Al final se abren las puertas, y después de la respectiva revisada para verificar que no lleven armas, drogas, bebidas embriagantes o cámaras de video (por aquello de los derechos de autor), todos entran gritando y dándose empujones de la emoción, sabiendo que año con año el Profe Otto los espera con su venta de agua, panes, playeras hechizas y muchas aguas frías para aliviar la larga espera bajo el Sol. Adentro todo es amistad, compañerismo y la emoción de volver a verse después de un año de estudios; muchas anécdotas se comentarán ese día.
Empieza el primer riff y todos salen corriendo al centro del salón de actos culturales —ese mismo salón donde se realizan los actos religiosos, los lunes cívicos y las graduaciones a fin de año—, para empezar a moshear hombro con hombro, hacer círculos corriendo como locos chocándose unos contra otros y los más osados, como el Alan, que se suben a lo más alto de la estructura del sonido y salen volando encima del público con la plena confianza de que lo sujetarán antes de llegar al suelo y desnucarse.
Las guitarras suenan, la batería redobla a toda velocidad y los jóvenes se divierten. Todos se golpean, se empujan y se rasgan las playeras, pero no es ningún pleito sino que es el baile rockero llamado slam, mosh o pit, donde todos celebran a través de los golpes, fortaleciendo su amistad. No es bien visto por el Director y la mayoría de maestros, ya que se le considera una práctica muy violenta y salvaje, no digna de jóvenes estudiados, pero lo que no saben es que se trata de la manera de celebrar y «bailar» este tipo de música. Nunca falta el que se pregunta «¿por qué bailan hombres con hombres?», porque la mayoría de los que brincan y se topan son varones, pero también hay damas muy valientes que se meten al ruedo a disfrutar.
Terminado el concierto y entrada la noche, mientras el público se retira para buscar la burra, el taxi o que les den jalón, el personal operativo y los profesores ayudan a desarmar el escenario, recoger la basura y limpiar el relajo que quedó después del concierto. El Licenciado se acerca a los entusiastas alumnos a regañarlos y citarlos para el día lunes en su oficina, pero los jóvenes le entregan cuentas y se revisa que toda esa bulla recaudó más dinero que todas las demás actividades juntas; con esos ingresos se solventarán pagos pendientes y alguna que otra mejora en las instalaciones del Instituto. Cuentan los organizadores que el Licenciado siempre se enoja por el relajo, pero al final se le pasa al ver los números producto de la gran cantidad de rockeros que pagaron sus entradas, o compraron parte del inventario que el Profe Otto les vendió. Seguramente, a la promo que viene le tocará organizar un toque igual o mejor que el de ese año, un ya lejano 1994.
URBANISMO MELÓDICO: relatos de anécdotas y sitios de la ciudad capital, en los que se haya vivido una historia urbana antes, después o en medio de una actividad musical, combinando urbanismo, lugares, música y literatura.
FOTO POR: David Gallardo
#AsíSeViveEnGuate

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